Una oración bien organizada tiene una gran fuerza. Vuelve dulce un corazón amargo, alegre un corazón triste, sabio uno insensato, atrevido uno dubitativo, fuerte uno débil, clarividente uno ciego, ardiente un corazón de hielo. Hace entrar a Dios infinitamente grande en un corazón pequeño. Hace que el alma hambrienta se eleve hacia Dios, la fuente viva, y reúne a dos enamorados: Dios y el alma.